-Pues bien, ¿le he convencido?
-Me ha convencido de una cosa, señor naturalista, y es de que si tales animales existen en el fondo
de los mares deben necesariamente ser tan fuertes como dice usted.
-Pero si no existen, testarudo arponero, ¿cómo se explica usted el accidente que le ocurrió al Scotia?
-Pues ... porque... -dijo Ned, titubeando.
-¡Continúe!
-Pues, ¡porque... eso no es verdad! -respondió el canadiense, repitiendo, sin saberlo, una célebre
respuesta de Arago.
Pero esta respuesta probaba la obstinación del arponero y sólo eso. Aquel día no le acosé más. El
accidente del Scotia no era negable. El agujero existía, y había habido que colmarlo. No creo yo que la
existencia de un agujero pueda hallar demostración más categórica. Ahora bien, ese agujero no se había
hecho solo, y puesto que no había sido producido por rocas submarinas o artefactos submarinos, necesa-
riamente tenía que haberlo hecho el instrumento perforante de un animal.
Y en mi opinión, y por todas las razones precedentemente expuestas, ese animal pertenecía a la rama
de los vertebrados, a la clase de los mamíferos, al grupo de los pisciformes, y, finalmente, al orden de
los cetáceos. En cuanto a la familia en que se inscribiera, ballena, cachalote o delfín, en cuanto al
género del que formara parte, en cuanto a la especie a que hubiera que adscribirle, era una cuestión a
elucidar posteriormente. Para resolverla había que disecar a ese monstruo desconocido; para disecarlo,
necesario era apoderarse de él; para apoderarse de él, había que arponearlo (lo que competía a Ned
Land); para arponearlo, había que verlo (lo que correspondía a la tripulación), y para verlo había que
encontrarlo (lo que incumbía al azar).
5. ¡A la aventura!
Ningún incidente marcó durante algún tiempo el viaje del
Abraham Lincoln,
aunque se presentó una
circunstancia que patentizó la maravillosa habilidad de Ned Land y mostró la confianza que podía
depositarse en él.
A lo largo de las Malvinas, el 30 de junio, la fragata entró en comunicación con unos balleneros
norteamericanos, que nos informaron no haber visto al narval. Pero uno de ellos, el capitán del
Monroe,
conocedor de que Ned Land se hallaba a bordo del
Abraham Lincoln,
requirió su ayuda para
cazar una ballena que tenían a la vista. Deseoso el comandante Farragut de ver en acción a Ned Land, le
autorizó a subir a bordo del
Monroe. Y
el azar fue tan propicio a nuestro canadiense que en vez de una
ballena arponeó a dos con un doble golpe, asestándoselo a una directamente en el corazón. Se apoderó
de la otra después de una persecución de algunos minutos. Decididamente, si el monstruo llegaba a
habérselas con el arpón de Ned Land, no apostaría yo un céntimo por el monstruo.
La fragata corrió a lo largo de la costa sudeste de América con una prodigiosa rapidez. El 3 de julio
nos hallábamos a la entrada del estrecho de Magallanes, a la altura del cabo de las Vírgenes. Pero el
comandante Farragut no quiso adentrarse en ese paso sinuoso y maniobró para doblar el cabo de
Hornos, decisión que mereció la unánime aprobación de lo tripulación, ante la improbabilidad de
encontrar al narval en ese angosto estrecho. Fueron muchos los marineros que opinaban que el montruo
no podía pasar por él, que «era demasiado grande para eso».
El 6 de julio, hacia las tres de la tarde, el
Abraham Lincoln
doblaba a quince millas al sur ese islote
solitario, esa roca perdida en la extremidad del continente americano, al que los marinos holandeses
impusieron el nombre de su ciudad natal, el cabo de Hornos. Se enderezó el rumbo al Noroeste y, al
día siguiente, la hélice de la fragata batía, al fin, las aguas del Pacífico.
-¡Abre el ojo! ¡Abre el ojo! -repetían los marineros del
Abraham Lincoln.
Y los abrían desmesuradamente. Los ojos y los catalejos, un poco deslumbrados, cierto es, por la
perspectiva de los dos mil dólares, no tuvieron un instante de reposo. Día y noche se observaba la
superficie del océano. Los nictálopes, cuya facultad de ver en la oscuridad aumentaba sus posibilidades
en un cincuenta por ciento, jugaban con ventaja en la conquista del premio.
No era yo el menos atento a bordo, sin que me incitara a ello el atractivo del dinero. Concedía tan sólo
algunos minutos a las comidas y algunas horas al sueño para, indiferente al sol o a la lluvia, pasar todo
mi tiempo sobre el puente. Unas veces inclinado sobre la batayola del castillo y otras apoyado en el
coronamiento de popa, yo devoraba con ávida mirada la espumosa estela que blanqueaba el mar hasta el
límite de la mirada. ¡Cuántas veces compartí la emoción del estado mayor y de la tripulación cuando
una caprichosa ballena elevaba su oscuro lomo sobre las olas! Cuando eso sucedía, se poblaba el puente
de la fragata en un instante. Las escotillas vomitaban un torrente de marineros y oficiales, que,
sobrecogidos de emoción, observaban los movimientos del cetáceo. Yo miraba, miraba hasta agotar mi
retina y quedarme ciego, lo que le hacía decirme a Conseil, siempre flemático, en tono sereno:
-Si el señor forzara menos los ojos, vería mejor.
¡Vanas emociones aquellas! El
Abraham Lincoln
modificaba su rumbo en persecución del animal
señalado, que resultaba ser una simple ballena o un vulgar cachalote que pronto desaparecían entre un
concierto de imprecaciones.
El tiempo continuaba siendo favorable y el viaje iba transcurriendo en las mejores condiciones. Nos
hallábamos entonces en la mala estación austral, por corresponder el mes de julio de aquella zona al
mes de enero en Europa, pero la mar se mantenía tranquila y se dejaba observar fácilmente en un vasto
perímetro.
Ned Land continuaba manifestando la más tenaz incredulidad, hasta el punto de mostrar
ostensiblemente su desinterés por el examen de la superficie del mar cuando no estaba de servicio o