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José Ingenieros
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mediocridad, es antisocial, tiene el valor de ser delincuente; el otro es
cobarde y se encubre con la complicidad de sus iguales, manteniéndose
en la penumbra.
Los maldicientes florecen doquiera: en los cenáculos, en los
clubs, en las academias, en las familias, en las profesiones, acosando a
todos los que perfilan alguna originalidad. Hablan a media voz, con
recato, constantes en su afán de taladrar la dicha ajena, sombrando a
puñados la semilla de todas las yerbas venenosas. La maledicencia es
una serpiente que se insinúa en la conversación de los envilecidos; sus
vértebras son nombres propios, articuladas por los verbos más equívo-
cos del diccionario para arrastrar un cuerpo cuyas escamas son califi-
cativas pavorosos.
Vierten la infamia en todas las copas transparentes, con serenidad
de Borgias; las manos que la manejan parecen de prestidigitadores,
diestras en la manera y amables en la forma. Una sonrisa, un levantar
de espaldas, un fruncir la frente como subscribiendo a la posibilidad
del mal, bastan para macular la probidad de un hombre o el honor de
una mujer. El maldiciente, cobarde entre todos los envenenadores, está
seguro de la impunidad; por eso es despreciable. No afirma, pero insi-
núa; llega hasta desmentir imputaciones que nadie hace, contando con
la irresponsabilidad de hacerlas en esa forma. Miente con espontanei-
dad, como respira. Sabe seleccionar lo que converge a la detracción.
Dice distraídamente todo el mal de que no está seguro y calla con pru-
dencia todo el bien que sabe. No respeta las virtudes íntimas ni los
secretos del hogar, nada; inyecta la gota de ponzoña que asoma como
una irrupción en sus labios irritados, hasta que por toda la boca, hecha
una pústula, el interlocutor espera ver salir, en vez de lengua, un esti-
lete.
Sin cobardía, no hay maledicencia. El que puede gritar cara a cara
una injuria, el que denuncia a voces un vicio ajeno, el que acepta los
riesgos de sus decires, no es un maldiciente. Para serlo es menester
temblar ante la idea del castigo posible y cubrirse con las máscaras
menos sospechosas. Los peores son los que maldicen elogiando: tem-
plan su aplauso con arremangadas reservas, más graves que las peores